Rompé.
Rompé la casa.
Los platos de la abuela. Rompé.
Rompé la ropa en tiras. Hacé pedazos los muebles y quemalos.
Que todos los focos se conviertan en miles de astillas de vidrio. Que sólo quede oscuridad. Cortá todos los cables. Alta tensión. Peligro.
Rompé las paredes a patadas. Rompé las puertas, las ventanas.
Que no quede ni un lugar donde esconderse.
Acuchillá el colchón y quitale todo el relleno. Que no quede nada sobre lo cual descansar.
Rompé también tu cuerpo. Tu boca.
Que no quede nada que pueda guardar silencio. Nada que pueda poner excusas.
Que nada oculte tus lugares vivos. Tus lugares rojos.
Dejá solamente las plantas, que van a abonarse con los escombros. Rompé todo lo demás. Rompelo todo.
Todo.
Que no quede nada.
Que todo se muera.
Caete a pedazos.
Ponete de rodillas.
De rodillas frente a lo roto. De rodillas frente al dolor. Agachá la cabeza. Achicate.
Aceptá tu muerte.
Dejá que tu cuerpo se pudra. Nadie puede ganarle a los gusanos. Son más rápidos, más inteligentes. No podés ganarles. Antes de que te des cuenta, se habrán comido todo. Por suerte se habrán comido todo.
Y cuando no quede nada, nada,
ni siquiera la ropa que te abriga,
ni siquiera el techo sobre tu cabeza,
nada,
entonces/ cuando la casa esté rota/ entonces,
lo que quede
será verdad.