carta de amor al desierto
o
la correspondencia como páramo atemporal
Mendoza. Abril del 2024.
que el desierto sepa
lo mucho que le agradecemos
que nos enseñara
lo importante.
(No sé si alguna vez viste algo tan hermoso.)
Querido desierto. Qué hago yo otra vez escribiendo una carta, si estamos en el dosmilveinticuatro, el correo postal cuesta una fortuna y las estampillas son, prácticamente, objetos de colección.
No sé si alguna vez viste algo tan hermoso, le diría a alguien que no conoce esta tierra corazón de desierto. Porque el desierto lleva en sí la crudeza de la muerte. Es la muerte hecha tierra caliente y polvo desprendido. Y sin embargo está tan lleno de una vida furiosa, una que se aferra a existir con lo mínimo que el paisaje puede darle.
Una vida tenaz. Silenciosa, lenta, pero perfectamente fuerte y prolífica.
No sé si alguna vez viste algo tan agradecido como el desierto después de una lluvia. Le diría eso a algún extranjerx, a algún desconocidx, a alguien que no puso sus ojos en el pedemonte vacío. Le diría: en el desierto, la lluvia es dios, y después de su aparición, todo es reverencia.
Desierto querido. Hago silencio para escucharte. El sonido es mínimo. Alguien podría decir: silencio. Pero en realidad tendrías que detenerte para entender que no es silencio, es quietud. La quietud puede ser un sonido. La cautela puede ser un sonido. La falta de agua puede ser un sonido. El sonido ínfimo de la tierra quebrándose, de la tierra flotando en el aire vacío.
Te escribo esta carta porque no conozco otra manera de detener el tiempo.
Verás. Los tiempos que corren son voraces. Hoy en día, sentarse a escribir una carta es librar una batalla contra el tiempo. Es devorarse la inmediatez. Es mirar a los ojos al tiempo y decirle: te tengo miedo, pero igual voy a mirarte.
Entonces, desierto mío, te escribo una carta, porque para conversar con vos hace falta detener el tiempo.
Ahora, acá, en estas letras. Un páramo atemporal.
Hago foco en la memoria para mirarte.
Pero el desierto no es un paisaje visual. El desierto no es/
solamente/
la tierra cuarteada bajo los pies, el sol que parte al medio, la vegetación baja o inexistente.
El desierto es un paisaje adentro. Se lleva en el cuerpo, como parte de nuestra composición química, psíquica, imaginaria.
Tenemos al desierto en la voz.
Tenemos al desierto en los ojos cautos.
Tenemos al desierto en el tiempo suave de la siesta.
Tenemos la crudeza del desierto en el invierno de la piel.
Tenemos la fuerza del desierto en la primavera del gesto de supervivencia.
Mi barrio está lleno de jardines. Yo no he visto nunca tan buenxs jardinerxs. ¿Quiénes son estas gentes que, mientras viven sus vidas, cultivan como expertxs un verdor imposible? ¿Quiénes son estas personas que todos los días, además de trabajar y criar hijxs, crían en sus pequeños cuadraditos de tierra un montón de plantas que no tendrían por qué existir en este pedazo de continente? ¿Quiénes son estxs jardinerxs invisibles que, con paciencia de meses, con paciencia de años, van haciendo crecer de a poco plantas que, más que plantas son una promesa?
Riego mi propio jardín.
Está plagado de verde.
Me he convertido, sin darme cuenta, en un jardinero más de los de mi barrio.
Lo único que sé de mi jardín a ciencia cierta, es que me necesita. No va a crecer solo. No puedo dejarlo librado a su suerte si viajo. No puedo dejar de regarlo ni un sólo día en el infierno del verano. No puedo no seguir los cambios de la luz en el invierno.
Esa es la verdad de esta tierra:
Crecer en el desierto
es la única manera
de no dar por sentados los jardines.
Por eso, desierto mío, esta carta. Esta carta que es una apuesta contra la urgencia. Esta carta que es un mapa, una brújula, un intento de encontrarte entre los pliegues del tiempo. Una búsqueda de lo sutil, de lo pequeño. Un recordatorio de lo que está ahí: adentro.
Un agradecimiento.
Con amor, Mar.
*Texto publicado en la Revista "La dedicatoria" https://ladedicatoria.tumblr.com/
con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes.
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