jueves, 25 de julio de 2024

no es cierto

 Querido invierno:


Siento haberte abandonado. Hacía tanto frío que los dedos se me congelaban si los sacaba para escribir. No es verdad. Lo que sí es cierto es que la boleta del gas aumentó diez veces su valor. También es verdad que aprendí a calentar mejor la cama y a moverme en el lugar cuando el frío adormece los pies. Lo que también es (in)cierto es que subí a un tren y ahora voy por las vías. El paisaje que veo desde la ventanilla es bueno.

Cruzo los dedos.

No siento nostalgia por el frío perdido, aunque eso tampoco es verdad.

viernes, 12 de julio de 2024

la carta la fiebre

si tuviste alguna vez un sobre caliente entre las manos, uno

que parecía a punto de incendiarse


uno que zumbaba entre tus dedos, que no podía esperar, no-

podía-esperar


para ser abierto,    si tuviste una vez

alguna conversación banal como una excusa


una excusa para estirar el tiempo, para demorar la lengua, para entretener

las manos

para no rasgar

-inmediatamente-

el papel


si tuviste alguna vez

un mail en la bandeja de entrada, uno que parecía más brillante, más grande, uno que querías leer

aún con los ojos dormidos, con los ojos pegados de la madrugada, aún


sin los lentes puestos -una mirada borrosa-, si alguna tarde de verano 

te subiste a un colectivo de larga distancia con un papel escrito a mano 

adentro de un libro

-un libro maravilloso, un libro prestado-

y el autor de los garabatos en el papel te decía adiós con la mano desde la plataforma

-la plataforma vacía, los ojos brillantes-


si alguna mañana de invierno pagaste un envío postal

-uno muy caro-

porque sabías que en ese sobre no iba sino 

tu corazón enredado


un corazón

epistolar


si dejaste ir ese corazón en ese sobre y te quedaste

-alguna vez-

esperando una respuesta

que no llegaría                                aún hoy no

llegaría


si alguna vez escribiste:                     fuego

y lo dejaste quemar


si alguna vez escribiste:                        ternura

y la dejaste tocar


si alguna vez escribiste:                        verdad

y rompiste el cerco de tu pecho


si alguna noche volviste a abrir

un sobre viejo que,

en el fondo del cajón de tu mesa de luz,

todavía hoy                                   está caliente  



entonces podés saber

cómo se escribe

cómo se lee

cómo se toma entre las manos


la carta la                                                 fiebre.


miércoles, 10 de julio de 2024

VII.


quién soy yo para oponerme al río?


camino hacia el sur/ me abro paso por el bosque/todo húmedo/ todo vivo/ y entonces el ruido como del cielo quebrándose/ 

                                                                                                        la crecida/ el agua que aumenta

su caudal a una velocidad furiosa/ la crecida/ el paisaje que se desdibuja/ la crecida/ los puntos de referencia que se borran/ ya no hay camino/ todo es río ahora/ ya no hay huella que seguir para volver a casa/ me hundo hasta la ingle/ el agua puede con mi peso/ la crecida/ el agua puede con el peso del mundo/          la crecida/  

pienso con la frialdad del desierto/ un paso a la vez/ no pienso en lo que puede pasar/ un paso a la vez/ no pienso en el final invisible del agua/ un paso a la vez/ quién soy yo 

para  oponerme                                 al río.





*Este poema forma parte del fanzine TODO ES RÍO AHORA/ San Esteban. Córdoba. Enero del 2024.


sábado, 6 de julio de 2024

carta de amor al desierto

carta de amor al desierto


o

la correspondencia como páramo atemporal





Mendoza. Abril del 2024.


que el desierto sepa

lo mucho que le agradecemos 

que nos enseñara 

lo importante.






(No sé si alguna vez viste algo tan hermoso.)


Querido desierto. Qué hago yo otra vez escribiendo una carta, si estamos en el dosmilveinticuatro, el correo postal cuesta una fortuna y las estampillas son, prácticamente, objetos de colección.


No sé si alguna vez viste algo tan hermoso, le diría a alguien que no conoce esta tierra corazón de desierto. Porque el desierto lleva en sí la crudeza de la muerte. Es la muerte hecha tierra caliente y polvo desprendido. Y sin embargo está tan lleno de una vida furiosa, una que se aferra a existir con lo mínimo que el paisaje puede darle.

Una vida tenaz. Silenciosa, lenta, pero perfectamente fuerte y prolífica.

No sé si alguna vez viste algo tan agradecido como el desierto después de una lluvia. Le diría eso a algún extranjerx, a algún desconocidx, a alguien que no puso sus ojos en el pedemonte vacío. Le diría: en el desierto, la lluvia es dios, y después de su aparición, todo es reverencia.


Desierto querido. Hago silencio para escucharte. El sonido es mínimo. Alguien podría decir: silencio. Pero en realidad tendrías que detenerte para entender que no es silencio, es quietud. La quietud puede ser un sonido. La cautela puede ser un sonido. La falta de agua puede ser un sonido. El sonido ínfimo de la tierra quebrándose, de la tierra flotando en el aire vacío.


Te escribo esta carta porque no conozco otra manera de detener el tiempo. 


Verás. Los tiempos que corren son voraces. Hoy en día, sentarse a escribir una carta es librar una batalla contra el tiempo. Es devorarse la inmediatez. Es mirar a los ojos al tiempo y decirle: te tengo miedo, pero igual voy a mirarte. 

Entonces, desierto mío, te escribo una carta, porque para conversar con vos hace falta detener el tiempo.


Ahora, acá, en estas letras. Un páramo atemporal. 


Hago foco en la memoria para mirarte.

Pero el desierto no es un paisaje visual. El desierto no es/

solamente/

la tierra cuarteada bajo los pies, el sol que parte al medio, la vegetación baja o inexistente.

El desierto es un paisaje adentro. Se lleva en el cuerpo, como parte de nuestra composición química, psíquica, imaginaria. 

Tenemos al desierto en la voz.

Tenemos al desierto en los ojos cautos.

Tenemos al desierto en el tiempo suave de la siesta.

Tenemos la crudeza del desierto en el invierno de la piel.

Tenemos la fuerza del desierto en la primavera del gesto de supervivencia.


Mi barrio está lleno de jardines. Yo no he visto nunca tan buenxs jardinerxs. ¿Quiénes son estas gentes que, mientras viven sus vidas, cultivan como expertxs un verdor imposible? ¿Quiénes son estas personas que todos los días, además de trabajar y criar hijxs, crían en sus pequeños cuadraditos de tierra un montón de plantas que no tendrían por qué existir en este pedazo de continente? ¿Quiénes son estxs jardinerxs invisibles que, con paciencia de meses, con paciencia de años, van haciendo crecer de a poco plantas que, más que plantas son una promesa? 

Riego mi propio jardín. 

Está plagado de verde.

Me he convertido, sin darme cuenta, en un jardinero más de los de mi barrio.


Lo único que sé de mi jardín a ciencia cierta, es que me necesita. No va a crecer solo. No puedo dejarlo librado a su suerte si viajo. No puedo dejar de regarlo ni un sólo día en el infierno del verano. No puedo no seguir los cambios de la luz en el invierno.


Esa es la verdad de esta tierra:

Crecer en el desierto 

es la única manera 

de no dar por sentados los jardines.


Por eso, desierto mío, esta carta. Esta carta que es una apuesta contra la urgencia. Esta carta que es un mapa, una brújula, un intento de encontrarte entre los pliegues del tiempo. Una búsqueda de lo sutil, de lo pequeño. Un recordatorio de lo que está ahí: adentro

Un agradecimiento.





Con amor, Mar.


*Texto publicado en la Revista "La dedicatoria" https://ladedicatoria.tumblr.com/ 

con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes.



un repasador blanco con cuadritos verdes

hay algo que quiere ceder                               algo que busca aflojarse                                  desinflarse               ...