si tuviste alguna vez un sobre caliente entre las manos, uno
que parecía a punto de incendiarse
uno que zumbaba entre tus dedos, que no podía esperar, no-
podía-esperar
para ser abierto, si tuviste una vez
alguna conversación banal como una excusa
una excusa para estirar el tiempo, para demorar la lengua, para entretener
las manos
para no rasgar
-inmediatamente-
el papel
si tuviste alguna vez
un mail en la bandeja de entrada, uno que parecía más brillante, más grande, uno que querías leer
aún con los ojos dormidos, con los ojos pegados de la madrugada, aún
sin los lentes puestos -una mirada borrosa-, si alguna tarde de verano
te subiste a un colectivo de larga distancia con un papel escrito a mano
adentro de un libro
-un libro maravilloso, un libro prestado-
y el autor de los garabatos en el papel te decía adiós con la mano desde la plataforma
-la plataforma vacía, los ojos brillantes-
si alguna mañana de invierno pagaste un envío postal
-uno muy caro-
porque sabías que en ese sobre no iba sino
tu corazón enredado
un corazón
epistolar
si dejaste ir ese corazón en ese sobre y te quedaste
-alguna vez-
esperando una respuesta
que no llegaría aún hoy no
llegaría
si alguna vez escribiste: fuego
y lo dejaste quemar
si alguna vez escribiste: ternura
y la dejaste tocar
si alguna vez escribiste: verdad
y rompiste el cerco de tu pecho
si alguna noche volviste a abrir
un sobre viejo que,
en el fondo del cajón de tu mesa de luz,
todavía hoy está caliente
entonces podés saber
cómo se escribe
cómo se lee
cómo se toma entre las manos
la carta la fiebre.
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